Cistitis: cuando lo que parece ser la causa es solo una consecuencia

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Vamos a compartir las palabras de una mujer para ofreceros un nuevo “tema” para el cual tuvimos muchas dificultades para encontrar un título…

Con su permiso vamos a ofrecer una traducción fiel sin distorsionar demasiado sus palabras.

Esto para abordar uno de los aspectos más problemáticos de la cistitis: su aparición en relación con una sexualidad disfuncional o un abuso sexual.

Primera menstruación alrededor de los 13 años: menstruación muy dolorosa, sangrado hemorrágico para el cual un ginecólogo me recetó homeopatía con resultados bastante positivos sobre el dolor.

Diagnóstico de endometriosis a los 15 años por lo cual el ginecólogo me recetó CERAZETTE (pastilla continua) = inhibición de la ovulación.

“Fui abusada sexualmente cuando aún era virgen, cuando por fin experimenté la sexualidad con alguien, pensé que era inútil,me dolía, a veces ni quería volver a hacerlo”

“Volví a ver a un ginecólogo (informado de la violación) me dijo que usara lubricante, lo habíamos probado ya y mi novio en ese momento solo pensaba en su propio placer, así que muy rara vez habían preliminares… y eso me dolía, así que terminé no queriendo volver a mantener relaciones”.

“Mis primeros síntomas de cistitis comenzaron en la escuela segundaria ya que otra niña en mi habitación tenía una”.

Algunos ECBU revelaron Escherichia coli y Staphylococcus.

“Luego tuve otras dos parejas más y me seguía doliendo más o menos, a veces no, a veces sí y casi todo el tiempo, quemazones y un desastre después del coito”.

Principios 2015: 3 infecciones urinarias + 1 pielonefritis.

Mayo 2015: uretroplastia distal seguida por una remisión de unos meses.

Vuelta (o más bien descubrimiento) de una sexualidad placentera con mi pareja actual.

Episodios de cistitis (“ardor”) después del coito y, en ocasiones, en ausencia de coito.

Ningún ECBU sistemático frente a estos episodios que generalmente desaparecían solos.

Aquí, el problema inicial es bastante diferente al de la cistitis y se relaciona con un dolor pélvico:

-> dolores menstruales de adolescente

-> dolor uterino debido a la endometriosis

-> dolor vaginal debido a la violación y a relaciones sexuales inapropiadas y disfuncionales

Estos dolores estarán asociados con errores imperdonables de diagnóstico y terapia por parte de la profesión médica.

¿Qué pasa en esta historia?

El dolor menstrual y, más generalmente, la sintomatología dolorosa de la endometriosis han creado un terreno propicio para la contractura pélvica, predisponiendo desde una edad temprana a un cuadro clínico evocador de los síntomas “clásicos” de la cistitis: dolor, micción frecuente y ardor urogenital.

El abuso sexual fue el punto de partida del vaginismo. Esta patología se caracteriza principalmente por una fuerte contractura de la musculatura perivaginal (que puede conducir en algunos casos a una verdadera neuralgia del pudendo) que dificulta o incluso imposibilita la penetración y causa un coito doloroso (dispareunia) y seguido de molestias en los urogenitales descritas como ardor o sensación de “cocción” en la entrepierna y potenciada por la micción (paso de líquido ácido caliente sobre el tejido inflamado).

Las siguientes relaciones sexuales difíciles, asociadas al erróneo consejo de los ginecólogos (quienes debieron aconsejar un manejo global del problema), han mantenido este fenómeno provocando una profunda inflamación de los tejidos ubicados en la entrada de la vagina, a nivel de el meato urinario, en la vagina y entre la vagina, la uretra y la vejiga.

La sintomatología aparente de todo esto: ¡cistitis!

¡Una “cistitis”, sin embargo, completamente libre de gérmenes!

Efectivamente, se trataba de una sintomatología dolorosa ligada a la inflamación y a la contractura.

Finalmente llegó también la cistitis “real” (Ecbu positivo). De hecho, la contractura y el dolor causaron retención urinaria. En otras palabras, la micción dolorosa repetida indujo un reflejo inconsciente para limitar el vaciado de la vejiga (para limitar el dolor). Por lo tanto, la micción incompleta dejaba un poco de orina en el fondo de la vejiga. Esta orina tendía a concentrarse más, lo que aumentaba su acidez y favorecía la proliferación microbiana.

Sin embargo, al culpar a la cistitis, incluso cuando se ha convertido en una realidad microbiológica, ¡estamos coponiendo en marcha la estrategia terapéutica equivocada! Los médicos solo vieron lo que querían ver (3 IU y 1 pielo) y recorrieron a cirugía y antibióticos.

Estas estrategias terapéuticas totalmente erróneas no han hecho más que avivar el problema y el foco en la zona urogenital sin solucionar el problema inicial: el vaginismo y la contractura pélvica que conducen a la retención urinaria.

Las “crisis de cistitis” actuales, como muchas de las del pasado, son por lo tanto muy probablemente cistitis inflamatorias y/o neurálgicas que no involucran gérmenes patógenos. La prueba es su desaparición espontánea y su recurrencia en todas las situaciones en las cuales se solicita la zona urogenital: ropa ajustada, relaciones sexuales, posición sentada prolongada con las piernas cruzadas, etc.

En tal caso, la estrategia terapéutica CORRECTA es la siguiente:

1) relajar la musculatura pélvica mediante ejercicios específicos (acordados con un profesional esecializado) para aprender a “vaciar” la vejiga correctamente durante la micción

Este primer abordaje puede, si es necesario, complementarse con un abordaje conductual con un terapeuta o psicoterapeuta.

2) usar un lubricante durante las relaciones sexuales para limitar el roce que sufren las mucosas

3) reducir la inflamación y la contractura de los tejidos de la esfera urogenital mediante el uso de miorrelajantes y antiinflamatorios naturales

4) prevenir la aparición de episodios de cistitis bacteriana mediante 3 medidas:

-> realización de un Ecbu en CADA crisis dolorosa

-> ingesta profiláctica de una dosis de D-Manosa al día (1 gr)

-> garantizar la presencia de D-Manosa en la crema vaginal lubricante utilizada durante el coito

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